Skip links

NO ERES TÚ.

La semana pasada fue una semana de locos. No ahondaré en detalles ya que quiero suponer que si están leyendo esto es porque ya saben de qué estoy hablando. Y esta columna tiene que ver con el tema, pero más bien es sobre las cosas que pasaron en mí, en mi familia y en la gente que quiero y de eso les quiero escribir en esta ocasión.

Siempre he sido de círculos muy pequeños de amigos a los que me puedo jactar de mantener cerca, aún con la distancia, al menos a los que valen la pena, ustedes saben quienes son.

También he tenido la dicha, sí, dicha, de trabajar con algunos de mis amigos. Máquina 501 no es la primera vez que esto sucede. Para mi suerte, a pesar de que puedo contar todos mis trabajos con los dedos de una mano, he podido compartir espacios laborales con mis amigos.

No es para nadie un secreto que las redes sociales se tratan de ver quién es más que quién, y de demostrar que tú tienes, sabes, haces, cagas o coges más que los demás. Perdón por mi francés. Y en el terreno en el que a veces nos movemos es imposible no ponerse tan personal.

Hoy me toca defender no sólo a mis amigos, no sólo lo que hago, no sólo en lo que creo, sino lo que soy. Y en eso no puedo no ponerme personal.

Poco a poco he ido depurando la única red que, para mí, significa el contacto con gente que de verdad aprecio, que admiro y que aporta algo importante a mi vida. Estoy hablando de Facebook. Y desde que cambié de ciudad, y de trabajo, mi círculo se ha ido cerrando y mis contactos en esta red se han ido depurando.

No tengo un problema con los ideales políticos o religiosos que profesan, que profeso, que exponen o que expongo. Mi proceder siempre ha sido el mismo, incluso, a veces, me gusta sólo prender la mecha por el simple hecho de que lo puedo hacer. A veces hago y digo cosas para provocar reacciones y simplemente, como diría mi sabio padre, para “moler”, en realidad lo que quería decir era “PARA JODER”, pero él siempre se midió bastante con las groserías. Perdón por no aprenderte eso, papá.

Y la depuración ha llegado, no porque piensen diferente que yo. Tengo contactos que defienden a capa y espada ideales con los que no profeso, pero que lo hacen de una manera tan limpia y tan honesta que, aunque a veces discuta con ellos, los respeto, los admiro y quiero seguir aprendiendo todo lo que puedan seguir enseñándome.

Pero hay gente a la que no considero inteligente, y eso me basta; ojo, dije NO CONSIDERO, no que no lo sean. Hay gente a la que se le hace fácil hablar sin saber, y ahí es cuando, para mí, se torna personal.

Cuando los ataques son reflejos de su frustración. 

“Es tiempo de definiciones”, dijo El Presidente en turno. Y sí, sí lo son.

Se torna personal cuando ofenden a mis amigos, no por lo que dicen, no por lo que creen, sino por lo que ellos creen que son. Por la imagen flotante que el odio generalizado e irracional les ha formado y solo repiten lo que otros dicen, solo afirman las “verdades” sin comprobar que escuchan y sólo les caga alguien porque está de moda que te cague ese alguien.

Y ahí es cuando para mí todo pierde sentido y empiezo a ver gente en mis contactos a los que les dura más un pedo en la mano que una relación. Me empiezo a fijar que hablan de moral y de principios, personas que no han querido criar un hijo. Weyes que denuncian la discriminación y la falta de valores mientras lloran a los cuatro vientos lo infames que han sido sus satánicas exparejas por apartarlos de sus amados críos seguramente porque ellos fueron una blancas palomitas. Enarbolan la bandera de la decencia y desenvainan la espada acusatoria de las buenas costumbres mientras siguen comprando droguitas inofensivas con su amiguito el dealer buenaonda al que seguramente se le aparecen las tachas en su cajón por generación espontánea. 

Hay una constante: “La culpa de que me vaya mal siempre es de otros”.

Es en este punto es que dejo de ver colegas y personas a las que admiro y empiezo a ver músicos frustrados que siguen tratando de suplir con dinero la falta de talento. O que siguen copiando lo que está de moda para intentar figurar, como hace 20 años, y sí, sin conseguirlo aún. 

Entonces, para mí, ya es personal e irracional también. Ya perdí todo el respeto. No eres tú, soy yo. Hasta nunca, corazón. Unfriend, ni pedo. Ahí te ves.

Estoy acostumbrado a los ataques. No mamen. El gordito ñoño (antes no nos dedicaban el bonito “NERD”) hijo de la maestra, que tenía voz de niña, que estaba en el club de ajedrez, en el coro, en la escolta, en los concursos de poesía, de ortografía, y cuyo círculo de amigos se dedicaba, por semana, a un proyecto “científico” entre los cuales figuraron máquinas para encogerse, máquinas teletransportadoras, entramados cachibaches propulsores tipo mochila (aún no conocíamos el término Jet-Pack) y un traductor “perro-niño, niño-perro” que le colocaríamos a “Benito”, un perro lanudo callejero que entre todos adoptamos y con el cual nos era necesaria una comunicación verbal, Benito en realidad era un agente secreto al que malvados científicos rusos habían convertido en perro y nos buscó porque sabía que nosotros podríamos ayudarle en su misión. Bueno, pues ese wey ha estado toda su vida acostumbrado a los ataques, a las burlas, al bullying.

Y a ese wey se le puede resbalar todo, menos que ofendan a sus amigos.

Sí, podrán ser una mierda de personas, podrán ser todo lo pendejos que la gente dice que son, pero si son mis amigos, yo los voy a defender sin importarme lo mierdas y pendejos que sean. Y tengo a muchos amigos pendejos que no me van a dejar mentir en esta parte.

El más claro reflejo de la frustración y del tamaño tan ínfimo que tienen los que lo aplican es cuando me atacan diciendo “Tu Jefe”, porque lo único que hacen ver es que piensan que trabajar para alguien está mal. Lo que me dan a entender es que lo peor que te puede pasar en la vida es eso, tener un jefe. Qué lástima me das, cabrón. 

No voy a enumerar las veces que he tenido tanto a amigos como jefes que a jefes como amigos, porque quizá primero fueron lo uno y luego lo otro, ellos saben quienes son. También porque ciertamente me ha tocado trabajar con gente de la verga. Me ha tocado también tener jefes muy inteligentes pero muy culeros. De todo hay. 

Por eso lo mencioné al principio. Porque hoy estoy en una situación en la que nunca había estado. Somos un equipo y tenemos una meta: ser chingones en lo que hacemos. ¿Nos equivocamos? Un chingo, todos los días, unos días más que otros, pero estamos juntos.

Y como dijo el hombre más influyente de este país: hoy es tiempo de definiciones. Es tiempo de saber dónde estás y de afianzar bien los pies porque el suelo se mueve. Porque ésta chingadera tiembla y es mejor que no te agarre mal parado. 

Pero lo bueno de tener a tus amigos enseguida es que, por más que tiemble, por más que a veces la sacudida te saque de balance, tienes a otros weyes enseguida que te van a sostener y que, en el peor de los casos, si te caes, no te van a dejar caer solo. Y eso, mis cabrones, no lo compra nadie con pinches nada.